Flamenco: el ave del color del atardecer
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Hace muchísimo tiempo, los flamencos eran aves completamente blancas.
Cada tarde observaban cómo el cielo se teñía de rosados, naranjas y rojos sobre las lagunas del norte de Chile. Admiraban tanto aquellos colores que deseaban poder llevarlos consigo.
Una tarde, al ver un atardecer especialmente hermoso, el flamenco más pequeño pidió al Sol un regalo para recordar siempre la belleza del desierto.
El Sol, conmovido por su humildad, descendió hasta las aguas y tiñó sus plumas con los colores del crepúsculo.
Sin embargo, le advirtió:
—Llevarás estos colores solo mientras recuerdes cuidar las lagunas y compartir su belleza con quienes las visiten.
Desde entonces, los flamencos conservan el color rosado del atardecer y permanecen en las salinas y humedales, recordando a las personas la delicada relación entre el agua, el desierto y la vida.
Por eso se dice que cada vez que un flamenco extiende sus alas, el cielo vuelve a pintar el atardecer sobre la tierra.